Me llamo Bernardo Flores Alcaraz, y soy uno de los 43 ~ El Diario del Narco|El Blog del Narco|Blog Del Narco

jueves, 28 de abril de 2016

Me llamo Bernardo Flores Alcaraz, y soy uno de los 43

¿Qué dejaron atrás los 43 muchachos desaparecidos en la noche de Iguala, en las primeras horas del 27 de septiembre, hace casi un año justo? ¿Cuáles eran los sueños convertidos en cenizas de los 43 muchachos ausentes y los seis muertos bajo las balas de la policía asalariada de ese narco que todo lo ciega, todo lo marchita, todo lo toma y estruja?

El colectivo Marchando con Letras, un grupo de sesenta y tantos reporteros, fotógrafos y editores se lo preguntó hace algunos meses y salió a la Normal de Ayotzinapa para descubrir quiénes son —de los ausentes se habla en presente— los desaparecidos cuyo secuestro sacudió una Nación y descarriló al Gobierno federal.

Los periodistas caminaron por la Sierra, se asomaron a la montaña, se hundieron en la Tierra Caliente y delinearon las costas para dejar atrás el número de cada normalista y relatar la vida segada de los 43 jóvenes, muchos de ellos acaso responsables del deseo de llevar sus vidas a las escuelas con aulas de cartón y lámina dispersas en Guerrero.

El resultado es “La Travesía de las Tortugas” —el topónimo de Ayotzinapa alude a esos reptiles y con estos los estudiantes de la Normal se identifican—, un libro publicado por Proceso y en el cual, Humberto Padgett, reportero de SinEmbargo participó con la elaboración del perfil de Bernardo Flores (escrito en primera persona), el estudiante responsable de la conducción de los demás estudiantes la noche en que ardió Iguala y se incendió México.

El Cochiloco. ¡Qué apodo me tocó a mí, Bernardo Flores Alcaraz, uno de los 43! Porque aquí, en la Normal de Ayotzinapa, todos tenemos apodo y a nadie conocemos por su nombre. Es costumbre heredada por la guerrilla, de los tiempos de los compas Lucio y Genaro, que se metían a la Sierra de Guerrero, desde Atoyac de Álvarez, donde nació mi padre y se seguían de largo hasta Tixtla, donde nació mi madre.

Cochiloco. Cuando llegué a la Isidro Burgos, en 2013, nos sentamos a ver la película El Infierno y todos dijeron que me parezco a Joaquín Cossío. Alto, fuerte, tosco. Desmadroso.

Y porque me dicen El Cochiloco y pertenezco al Comité de Lucha y llevaba la responsabilidad de los compañeros la tarde del 26 de septiembre de 2014 es que la Procuraduría General de la República me quiso encasillar como uno de Los Rojos, el cártel que pelea por la propiedad de la heroína en Guerrero con los Guerreros Unidos, los asesinos que nos secuestraron y, según la autoridad, nos asesinaron  y nos incineraron en el basurero como si fuéramos merma.

Ni madres. Que pregunten a Los Rojos. Que pregunten a mi familia, en Atoyac, donde nació y murió Lucio Cabañas, asesinado por el Estado, por los militares dirigidos por Mario Arturo Acosta Chaparro, un general que conoció la cárcel porque nada podía ocultar que era un empleado del Cártel de Juárez.

Acosta Chaparro mató por aquí mismo y a los nuestros, la cuenta de vidas que quedó a deber cerró en 123. Y sembró amapola que convirtió en opio y al opio lo hizo heroína. Era amigo de Rafael Caro Quintero y de Ernesto Fonseca, quienes sembraron la semilla de la que creció el Cártel de Sinaloa. Y éste sembró la semilla de la que nacieron los Beltrán Leyva. Y de ellos surgieron Los Rojos. Y de Los Rojos se desprendieron Los Guerreros Unidos, los que nos llevaron.

Así que por presente o por pasado, como dice mi madre, María Isabel, fue el Estado.

EL PÁJARO DE METAL

Había que tener apodo, porque los del Batallón Iguala, aquí muy cerca de donde nos levantaron, y los del Batallón Atoyac, allá muy cerca de donde crecí, nomás oían las palabras “estudiante”, “maestro” o “compañero” y ya escuchaban “guerrillero” o “sedicioso” o “colaborador”.

Entonces se llevaban a quienes ellos quisieran. Y quisieron llevarse a Marcelo Flores Zamora, tío de mi padre y muy parecido a él y ágil de palabra como nadie.

Una tarde de 1972 bajó “el pájaro de metal”, como decían al helicóptero de los militares. Los soldados se fueron encima de Marcelo, porque era comisario en el pueblo de Río Chiquito, a unas dos o tres horas del nuestro. Lo patearon dentro de la comisaría.

—Los guerrilleros, hijo de la chingada… ¿dónde están? ¿Dónde les escondes las armas? —le preguntaron.

—Sólo les di tortillas, café…

—¡Pinche colaborador! —lo sentenciaron y se lo llevaron.

Sus hijas estaban niñas, su esposa se arrodilló. Suplicó. Lo subieron al avión.

Fueron al Campo Militar Uno, porque decían que ahí los tenían encarcelados. Se acercaron al Pozo Meléndez de Taxco, que por algo le dicen la Boca del Diablo, pero nada se ve ahí porque eso no tiene final. Luego se dijo que lo subieron de nuevo en el avión y que lo arrojaron en el mar abierto.

Quién sabe qué pasó con tantos hijos, padres, maridos y hermanos que el Ejército arrancó de la Sierra, como si fueran hierba mala que por puños le metían al chingado “pájaro”.

CORAZÓN DE LETRAS Y ENCABRONAMIENTO

Mi madre, María Isabel Alcaraz, nació en Tixtla, en el mero municipio donde está la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa. Apenas terminó la secundaria en la Escuela Heroína de Tixtla —supongo los chistes que se deben hacer a propósito del nombre— y se fue a estudiar a la escuela Normal, por San Cosme, en el Distrito Federal. Entonces no se requería de preparatoria y, como en su familia, mi familia, todo mundo ha aprendido a enseñar, ella se hizo maestra.

Fueron maestros mi abuelo y mi abuela. Y cuatro de los cinco hermanos de mi mamá son maestros. En mi corazón hay letras. Y encabronamiento de tanta pobreza, de niños muertos de hambre, de madres que mueren extrañando a sus hijos que se rebelaron.
CLIC AQUI PARA LEER PARTE 2
Loading...

0 comentarios:

Publicar un comentario