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Yo fui quien le puso el dedo y entrego a Joaquín “El Chapo” Guzmán

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Esta es la primera de tres partes de la crónica del periodista juarense Luis Chaparro, quien revela la participación de un cirujano chihuahuense.

En el entramado de traiciones que llevaron a la aprehensión de Joaquín Guzmán Loera entre el 21 y 22 de febrero del 2014. No muy lejos de la garita fronteriza de Ciudad Juárez, una camioneta Armada color negro se pasa un semáforo en rojo.

Arturo Rodríguez, un médico cirujano, aprieta el volante y clava los ojos al frente detrás de unos lentes de pasta, tiene el ceño fruncido. Lo acompaña su ex esposa y sus dos hijos; el mayor, un niño con el cabello negro e hirsuto como el de su padre.


Cuida al menor, quien padece una discapacidad que le impide moverse libremente. No hay tiempo para las luces rojas. No hubo tiempo de esperar a su hermana, la de Arturo, pero ya sobre la Avenida Paseo Triunfo de la República la encuentra, viene sola con su bebé.

Arturo baja la ventana y le dice que lo siga: “En chinga, ya vamos tarde”. Afuera la canícula cae sobre la ciudad. No hay nubes en el cielo. El sol brilla duro sobre los parabrisas de los autos. El médico pisa el acelerador a fondo. Siente alivio de que su hermana se haya decidido a seguirlo.

Son las 3:40 de la tarde de un miércoles y esa misma madrugada agentes de la DEA, junto a policías mexicanos, arrestaron al cuñado de Arturo: Mario Núñez Meza, el M-10 o El Mayito, quien hasta entonces trabajaba para Joaquín “El Chapo” Guzmán. El Chapo le había encargado personalmente los negocios del narco en el estado de Chihuahua unos tres años atrás. Pero ahora, mientras el doctor Arturo y su familia huyen rumbo al norte, el Mayito está volando a la Ciudad de México para enfrentar una posible extradición.

Semanas atrás el Doctor contactó a la DEA para entregar a su cuñado. Todo el contacto lo mantuvo en secreto, hasta ahora que ha tenido que confesarlo a su ex mujer. Ahora conduce a su familia a El Paso, al otro lado de la frontera; su hermana sabe del arresto de su esposo, pero no se imagina que detrás está Arturo.

Son las 4 de la tarde cuando llegan al cruce internacional, una hora después de la que acordó con Saúl, el agente de la DEA encargado del caso. Si al llegar a la aduana estadunidense Saúl ya no está, su vida junto a las de su esposa e hijos se acabó.

Arturo nació en Ciudad Juárez en una familia de 13, incluyendo a sus dos padres. Se graduó de medicina y se especializó en cirugía plástica. Se convirtió en uno de los mejores cirujanos en la frontera.

Mientras Arturo terminaba su especialidad, su hermana mayor trabajaba como encargada en una joyería dentro de un decadente centro comercial. Cada tarde un policía ciclista, un joven delgado, moreno, de bigote tupido y cabello hirsuto, pasaba frente al local y alzaba la mano para saludar. Ese policía es Mario Núñez Meza. Era el año 2000 y aún faltaban más de nueve años para convertirse en el M-10.

La joven joyera se llama Rosa Rodríguez, es delgada, morena de rostro afilado. Luego de varios saludos de mano, Rosa y Mario se hicieron novios. Arturo comenzó a ver más seguido a aquel policía en las reuniones familiares, y luego se convirtió en el padrino de su primer hijo.

A Arturo le gusta contar cómo Núñez Meza buscaba proveer para su familia con un salario miserable como policía municipal. Y cómo después de renunciar aseguraba que era guardaespaldas de un empresario mexicano, y compró una casa, un auto del año, ropa de lujo, desaparecía por largas temporadas y los hombres que a veces lo acompañaban le decían Mayito.

La verdad era que Nuñez Meza tuvo un golpe de suerte: durante uno de sus recorridos encontró una cantidad apabullante de marihuana que se anunció como uno de los más grandes decomisos de droga en Ciudad Juárez. No hubo arrestados, pero Núñez Meza se cobró el favor con la mercancía. Allí comenzó a perfilarse para las grandes ligas.

Para cuando el ex policía ya era buscado por la DEA y por las autoridades mexicanas, Arturo había afianzado su lugar en el hospital Guernica, una institución prestigiosa cerca de la garita. Era el año 2009 y la guerra entre los cárteles antagónicos de Sinaloa y de Juárez había tomado fuerza. Sólo en los 12 meses de aquel año fueron asesinadas más de 2 mil personas. Entre ellas miembros de los grupos criminales.

El primer favor llegó a Arturo en aquel año. El Mayito le rogó que salvara a uno de los soldados del Cártel. Un hombre con una bala en la cabeza que además había sido arrojado a un tambo de basura. Arturo lo llevó a su consultorio y le salvó la vida. Con el paso del tiempo, Mayito y el doctor hablaban a través de Rosa. En más de tres ocasiones el Mayito le pidió a Arturo que lo recogiera en la ciudad de Chihuahua, a 4 horas en carretera de Juárez. Siempre era la misma dinámica: llegando a Chihuahua marcaba a un teléfono celular, le daban direcciones a otro punto y repetían la misma estrategia unas 3 o 4 veces hasta llegar a la guarida del mafioso. De regreso a Ciudad Juárez para ver a su familia, los escoltaban dos camionetas blindadas.

En una de las ocasiones Mayito le reclamó a su cuñado la existencia de un amante en la vida de su hermana: “¿Sabías tu que tu carnala me está poniendo los cuernos con un cabrón?”, Arturo sí sabía: Rosa había estado llevando a otro hombre a las fiestas familiares. “Me va a quebrar nomás lleguemos a Juárez”, pensó. “No estoy de acuerdo, la neta, con que mi carnala tenga otro vato; pero qué quieres que haga”, replicó. “Me los voy a chingar a ti y a tu carnala por hijos de su puta madre”, lo amenazó Mayito, pero no hizo nada más. Al llegar a Juárez, le dio un teléfono y le advirtió que no se le perdiera de vista.

Dentro “del cuartito”, una habitación de custodia de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), el agente Saúl les explica lo que viene: les va a entregar una visa SPBP, es un documento para personas que entregan información sobre terroristas, organizaciones criminales o posibles riesgos a la seguridad del país. Con ella podrán ir una o dos veces a México al mes, les aclara, pero no se los recomienda. Además los van a hospedar en un departamento propiedad de la DEA.

Rosa, la hermana de Arturo está confundida. A pesar de que sospecha lo que sucede no tiene cómo armar el rompecabezas. Él se encoge de hombros y voltea al piso. Su hermana no deja de verlo, pero se queda callada. Al salir todos son escoltados hasta el departamento donde vivirán durante los próximos meses.

A las 2 de la tarde del miércoles 15 de enero de 2014 Arturo envió el primer mensaje. Enviar aquella información significaría una doble traición: primero al Cártel de Sinaloa, luego a una mujer que le mostró confianza conformé se involucró con la mafia. “Estos son los números de Ema Coronel, mujer del Chapo”, decía uno de los mensajes de texto lo recibió el agente Saúl desde el teléfono que le dio la DEA. Una semana después, el miércoles 22 de enero, Arturo fue citado en las oficinas de la DEA en El Paso, Texas, sobre la calle Mesa Hills, en el oeste de la ciudad. Allí firmó un par de documentos que lo responsabilizaban por la entrega confidencial de información y recibió a cambio 8 mil dólares.

La llamada llegó en la mañana del 22 de febrero, un sábado temprano. “El Chapo” había sido arrestado en México, en un hotel de medio pelo en Sinaloa, no hubo disparos, nadie se opuso al arresto. Emma Coronel, su esposa, estaba con él, tal como avisó Arturo. A ella la dejaron ir. El resto de los detalles los supo por la prensa: fue la Marina Armada de México, no hubo presentación ante los medios, la DEA entregó el crédito al gobierno mexicano y se dijo que había sido ubicado mediante el teléfono celular de un colaborador cercano. Arturo supo que el teléfono por el que lo rastrearon no fue de ningún operador del Cártel, sino de la misma Emma Coronel.

La información que arriesgó había sido a cambio de la liberación de la esposa de Arturo del Centro de Detención para Indocumentados de ICE; ese febrero cumplía ya dos meses bajo la amenaza de ser deportada a Ciudad Juárez. Y tras el arresto del Mayito los carroñeros del Cártel de Sinaloa estaban atentos para tomar venganza.

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